Las Mujeres que (M) Aman Demasiado

Cuatro amigas se auto-convocan para llevar a cabo un ritual que exorcice las conductas obsesivas de las cuales son víctimas a raíz del desmesurado amor que sienten por sus parejas. Este comportamiento desemboca en absurdas revelaciones e historias de traiciones de las cuales ninguna sale indemne. Las aparentes disímiles personalidades, conforman un cocktail ridículo de acontecimientos y acciones que nos llevan a enfrentamientos tragicómicos entre las mismas, donde no quedan de lado conductas tales como la paranoia, la inocencia, la culpa y la autodestrucción. Todo esto acompañado por un clima etílico que las va envolviendo hasta llegar a un final surrealista en donde la aparición inesperada de un acontecimiento conspira para que estas cuatro amigas descubran cual es el verdadero mal que las aqueja y asuman irremediablemente el rol que les ha tocado vivir.

“Inspirada” en el famoso libro de autoayuda de Robin Norwood “Mujeres Que Aman Demasiado”

Duración: 60 minutos

Fuente: Alternativa Teatral

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Poesía y asombro

“Excalibur, una leyenda musical”. La comedia de Cibrián y Mahler no tiene nada que envidiarle a las del Primer Mundo.

Ahogado, como si se le hubiera atragantado ese aplauso con ruido a tormenta, Pepe Cibrián hizo del final de la función deExcalibur, una leyenda musical (en el Astral) otra función. Provocaba al público con un monólogo en inglés, que remató en chiste: “Ah, cierto, no estamos en Broadway. ¡Me cansé de las palabras coach, casting. Nuestro idioma es hermoso, usemos nuestras palabras!”. Junto a Angel Mahler se despachó con la puesta más ambiciosa de su historia. Dejó sabor a primer mundo y la sensación de que es posible escapar de este mundo por un rato para perderse en uno que duela menos.

Perder para aprender a recuperar. Entender que en la pérdida está la ganancia. Sobre esa sustanciosa metáfora trabajó la dupla. Rodearon el cuentito de la parafernalia necesaria para abstraer al público: cualquiera podría creerse sentado en una butaca de Broadway. Pero los millones invertidos no consiguen solapar el encanto mayor y el más sencillo: la sangre de Juan Rodó y de un elenco que deja las vísceras en escena.

La historia se sustenta en la leyenda del Rey Arturo y su espada, tópico de enésimas versiones cinematográficas y teatrales. En la versión de Cibrián-Mahler hay licencias entrañables y humor. Arturo es Emilio Yapor, de 25 años (y apenas un pasado actoral en Drácula ), un joven al que el rol le calza con justicia.

El Mago Merlín es Rodó, el fetiche de la dupla, quien tuvo el desafío ésta vez de una pieza teatral que no es sólo cantada. Su mago Merlín dista del estereotipo de anciano de cabellos largos. Este tiene vitalidad y gracia e insta a Arturo a “un viaje” que puede ser el de cualquiera: muerto su padre, deberá aprender a hacer del barro su camino. El amor de Arturo recae en las espaldas deGuinevere (Luna Pérez Lening, quien a los 17 años será desconocida en términos populares, pero ganó la confianza de Cibrián después de su firmeza en Drácula ). Su modo angelical colabora con su personaje principesco y logra estremecer a través de su voz. Candela Cibrián es la despiada Morgana, otra que ya mostró su talento en Drácula .

En dos horas y media, los ojos reciben estímulo constante: que los trajes (más de 200), que la revolución de las luces, que la cuota de ilusionismo (personajes que, literalmente, se elevan o esfuman), que el cambio constante de escenografías. Podría jugar en contra el exceso de asombro a fines de la historia, y sin embargo no le hacen perder foco ni esencia. Uno entiende que esa intención de hacer creer en los sueños está en primer lugar. “Si eres capaz de pedirlo, eres capaz de soportarlo. Si eres capaz de imaginarlo, lo puedes hacer real. Si eres capaz de tanto, eres capaz de más”, se escucha a los personajes. Y la catarata poética sigue.

“Elena Roger tuvo que irse y hacerse conocida afuera para que acá la escucharan”, advertía encendido Cibrián en su monólogo post-estreno. “Puedo decir lo que se me cante porque soy ciudadano ilustre”, advertía y se comparaba, por torrente verbal, a Enrique Pinti, presente en la sala (y ovacionado). Pero Cibrián no es Pinti. Habla intensamente y en velocidad, pero prefiere hacer hablar a los otros a través de sus cuerpos. Y los cuerpos de Excalibur hablan de soñar sin dormir. Aquí, también, podemos hacerlo.

Fuente: Clarín

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“La gente acepta ponerse las vendas”

Conocidos como el primer grupo de teatro sensorial, la compañía AviTantes presenta la novena temporada de este espectáculo, una puesta que ya vieron 28 mil personas atraídas por un recorrido a ciegas.

La obra Ojos cerrados logra activar con fuerza sentidos como el gusto, el olfato y el oído, y despierta la conciencia a mundos internos desconocidos y sutiles. Con once artistas en escena y la condición para el espectador de que debe entrar a escena con los ojos vendados y confiar en los actores que lo guían hasta el asiento, el espectáculo fue creciendo con convocatoria gracias a las experiencias que cuentan quienes atraviesan este camino perceptivo.
“Los comentarios de la gente son muy profundos. Trabajamos con el amor, esa es la devolución que tenemos de la gente; nos dicen que se sintieron cuidados y queridos. Hay un enorme gesto de confianza por parte del público al aceptar ponerse las vendas. Enseguida hablan de las vivencias y de los sentimientos con los que se conectan. En una época donde todos desconfían de todos, dónde estás buscando por dónde te pueden traicionar, que la gente se anime a participar de un espectáculo en el cual le vendan los ojos y tienen que confiar en un desconocido es muy importante”, cuenta Maisa Pereira, una de las integrantes.
La experiencia para quienes eligen anular el sentido de la vista, para priorizar los otros tiene sus requisitos. El público debe ingresar de a uno, con las vendas puestas y guiado por uno de los actores. “Una vez que está todo el público sentado, comenzamos a trabajar con todos nuestros elementos. Hay mucha música en vivo y también trabajamos con aromas, texturas. Se despierta el sentido de la percepción. Se van atravesando distintos mundos sensoriales. En nuestras obras no hay texto. No hay una historia. Lo que planteamos es un armado estético. Se trabaja con los contrastes de luces y sombras. Enseguida se despiertan las emociones, es bastante inevitable para el público que conecten con las emociones”, explica.
El hecho de que sus espectáculos no planteen una línea discursiva ni busque contar una historia es uno de los puntos que los diferencia con el resto de las compañías de teatro que trabajan con la oscuridad. Pereira explica la diferencia: “Somos el primer grupo de teatro sensorial, porque nosotros surgimos de trabajar con la sensación, más que con la historia. No tenemos un contenido narrativo. Hay alguna palabra, pero que forma parte de un planteo estético más general. Trabajamos con la sensación, con el sentir. La gente misma nos hace una gran devolución sobre las cosas que les pasan con la obra, cosas que ni siquiera nosotros imaginamos que les podrían pasar. Si el espectador puede dejar la mente de lado, el viaje es ilimitado. Uno siente menos cuando piensa más.”

Fuente:  Tiempo Argentino

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Conflicto de una familia muy disfuncional

Este drama musical basado en un texto de Brian Yorkey cuenta la historia de una madre que no logra hacer el duelo por la muerte de su hijo, un padre que intenta negar y evitar recordar esa pérdida, y una hija que se siente totalmente incomprendida e invisibilizada.

Cada familia tiene su propia escala de valores y su estructura particular: no hay dos que sean iguales. Pero lo que tienen en común es que siempre la adversidad aparece y se manifiesta de distintas maneras, más o menos evidentes. Aunque el imaginario de la “familia normal” existe, la “normalidad” es sólo una ilusión. Sobre eso habla Casi normales, un drama musical del director Luis Romero, que se presentará en el Teatro Liceo (Rivadavia 1499) de martes a domingo. “Ser ‘casi normales’ es una buena frase porque rompe con los fantasmas. El mundo es neurótico, absolutamente violento, codicioso, está lleno de poder, es más bien ‘shakespeareano’. Frente a eso, lo que se busca es amortiguar y generar cierto equilibrio para poder vivir en relación con los demás y en paz”, argumenta Romero ante Página/12.

“El mundo en el que vivimos y el sistema económico capitalista exigen que seamos brillantes para sobrevivir –sigue la idea el director–. Entonces, para no quedarnos atrás en el impulso de sobrevivencia, metemos el acelerador, hasta que un día el estado mental se distorsiona y explotamos.” La puesta, que es una adaptación del texto de Brian Yorkey y se presentó en Broadway en 2008, cuenta la historia de una madre de familia (la protagonista principal) que no logra hacer el duelo por la pérdida de su hijo e intenta recomponerse haciendo tratamientos psiquiátricos que en lugar de reparar, generan más dolor; un padre que intenta negar y evitar recordar esa pérdida; y una hija que se siente totalmente incomprendida e invisibilizada.

La obra, que pone de manifiesto los conflictos de una familia disfuncional, en la que sus integrantes no logran comunicarse y vivir en armonía, genera, por momentos, que el espectador se sienta identificado con lo que sucede. Es una historia que habla de los sentimientos profundos de una madre que perdió a su hijo cuando tenía apenas un año y no logra aceptar esa realidad y seguir adelante. Mientras tanto, su marido, que la acompaña incondicionalmente, niega la situación e intenta creer y hacer creer que todo está bien. “Es principalmente una historia de amor que muestra cómo el ser humano, en el fondo de su corazón, se resiste a dejar morir aquello que ama. Y esa resistencia puede generar cualquier cosa, desde una ficción interna que se puede alimentar muchos años, hasta un estado de alteración mental extrema”, entiende Romero.

Clasificada como drama musical, Casi normales cuenta con un trabajo escenográfico llamativo y la presencia de una notable banda, dirigida por Tom Kilt, que conecta su música y acompaña en vivo las actuaciones de Laura Conforte, Alejandro Paker, Florencia Otero, Matías Mayer y Mariano Chiesa. “Las canciones han sido concebidas en relación absoluta con la situación en la cual se encuentran los personajes y rompen el esquema de la comedia musical –explica Romero–. Porque hay un entretejido en lo profundo de lo musical. La melodía y las letras se convierten en una especie de monólogo interno que manifiesta el personaje después de verlo metido en determinada situación. Y está hecho con una maestría y una rigurosa capacidad de visualización de los climas y las atmósferas.”

Frente a las adversidades que resiste este núcleo familiar, propone un fundamento psicológico: la soledad como un distanciamiento para la reflexión. “Hay algo que a mí me interesa y es que a veces, para no perder la cabeza, es necesario estar solo. La soledad implica una posibilidad de poder mirarse a sí mismo y encontrarse con uno. Y creo que generalmente hay muchas cosas que suman a la confusión y suman a la enfermedad y la hacen más grave. La soledad, bien entendida, genera un ajuste de la persona. Estar solo puede dar la posibilidad de hacer contacto directo con uno mismo, verse como uno es y aceptarse como tal.”

–¿Por qué consideró interesante romper con el imaginario social de la familia “normal” o “perfecta”?

–Me llamó mucho la atención que la obra se haya concebido en Estados Unidos. Me da la sensación de que es un síntoma, invita a abrir los ojos o despabilarse en el seno de la familia norteamericana tradicional, que en definitiva habla de una manera de vivir. Después de la caída de las Torres Gemelas la ingenuidad se evaporó. Y me resulta interesante ver que hay un autor que no ahonda de manera boba y superficial sobre ciertas cosas que tienen que ver con el dolor y otros problemas en el núcleo de la familia. Si bien es una familia tradicional y los integrantes tienen un buen sentido del humor sobre las cosas que les suceden, se puede inferir claramente que lo que emerge es que hay una profundidad en relación con los temas propios de los grandes dramaturgos.

–Más que representar a la familia norteamericana, es universal…

–Cuando una obra está bien escrita, si mirás con mucha atención empieza a suceder algo que trasciende las idiosincrasias, las costumbres, las formas. Y empezás a ver que el autor está haciendo que se manifieste algo que es común a la condición humana: el miedo, el dolor, la inseguridad, el miedo a la locura, el amor, el resentimiento.

–¿Qué implica para esta madre la pérdida de un hijo?

–La protagonista se aferra al hijo que se ha muerto. Y eso es lo que conmueve. El universo sólo tiene sentido si existe el amor. Y en un hijo podés percibir el verdadero amor, podés dar la vida por él. La obra justifica perfectamente que uno es capaz de hacer cualquier cosa por un hijo, desde encerrarse hasta abandonarse, volverse loco o drogarse hasta reventar. Si hablamos de un hijo, ¿cómo se hace para dejar morir ante la ternura, la inocencia, ante la cantidad de cosas que implica ese ser? Frente a una fatalidad, el estado mental puede alterarse y es lógico que se altere. No alterarse y poder hacer el duelo, creo que es una de las cosas más difíciles para la condición humana.

–¿Qué análisis hace del rol del padre que intenta hacer creer que todo está bien?

–Es interesante porque aparece un padre que es trabajador, que es absolutamente fiel, que ama a su esposa y que se cargó desde joven con la responsabilidad de estar siempre al lado de ella. Eso es lo que hace, aunque la actitud, como dice ella, sea patológica. Este hombre padece, adolece de conocimiento necesario y está un poco cansado porque hace dieciséis años que ella está así. Sin embargo, es fiel, honesto con ella, no la engaña, la quiere y la banca hasta el fin. Pero termina pagando el precio de un final inesperado.

Informe: María Luz Carmona.

Fuente: Página 12

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Mix

Texto: Versión de Fallen angels, de Noël coward / Intérpretes: Thelma Biral, Nora Carpena, Linda Peretz, Pablo Alarcón, Héctor Calori y Andrés Percivale / Música: Gaby Goldman / Escenografía: Rene Diviu / Vestuario: Silvia Picallo / Dirección: Santiago Doria /Duración: 80 minutos / Sala: Multiteatro.
Nuestra opinión: buena.

Con fuertes influencias de Oscar Wilde y George Bernard Shaw, Noël Coward volcó parte de su mirada dramatúrgica en forma de comedia de costumbres con una intención satírica: la denuncia de la sociedad burguesa inglesa por su inmoralidad e hipocresía, y lo hace tomando como personajes a matrimonios o parejas comprometidas para quienes la libertad individual, el desarrollo personal y la autoestima se oponen a las convenciones impuestas por la época de las primeras décadas del siglo XX.

Fallen angels , traducida inexplicablemente como Mix y reducida en su extensión, fue escrita en 1923 y estrenada en 1925. Podría argumentarse que en estos más de 80 años se siente el paso del tiempo, pero al ubicar las acciones en 1926, reafirmadas especialmente por el vestuario de esa época, adquiere un matiz de comedia blanca, quizás un tanto ingenua para este período actual, pero esto no sirve para descalificarla porque cumple con la función de entretener.

Con unos diálogos ingeniosos y al mismo tiempo incisivos, Coward, como si tuviera un filoso bisturí, va diseccionando la capa de hipocresía y falsedad para dejar al desnudo la vida de dos mujeres casadas, que, abatidas por la rutina matrimonial y aburridas por falta de desarrollo personal, se sienten sacudidas por la aparición de un amante que tuvieron en común en el período prematrimonial.

La fantasía e infidelidad mental de las dos mujeres va a dar lugar a una serie de equívocos que exponen sus verdaderas esencias y caracteres y una certera realidad: la pasión inicial, por el desgaste que provoca la convivencia matrimonial, queda reducida a un afecto también rutinario y falto de emociones. El cambio constante de vestuario es el aporte colorido de la puesta, con un juego de luces en las transiciones que agilizan los cambios de escenas.

Para dar vida a estas dos mujeres, Thelma Biral y Nora Cárpena se ven muy cómodas y dibujan con precisión a sus personajes, aunque utilicen un estilo de actuación muy subrayado para resaltar sus características, algo similar a lo que realiza Linda Peretz, en su papel de mucama.

En cuanto al rubro masculino, tanto Pablo Alarcón como Héctor Calori se ajustan a una marcación concisa para reflejar los temperamentos flemáticos de sus personajes. En tanto el aporte de Andrés Percivale viene a sumarse correctamente al juego de las situaciones.

La puesta de Santiago Doria apunta sobre todo a alcanzar una rigurosa dinámica que le permite obtener un ritmo apropiado de comedia..

Fuente: La Nación

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Pequeños enredos de la vida conyugal

“Vidas privadas”. Hoy se estrena esta comedia de Noël Coward, con dirección de Muscari.

Con Georgina Barbarossa y Miguel Angel Rodríguez en los papeles protagónicos, bajo la dirección de José María Muscari, hoy se estrena Vidas privadas , de Noël Coward, en el teatro Picadilly.

Esta comedia cuenta la historia del matrimonio entre Amanda (Barbarossa) y Fabio (Rodríguez). Al principio, la pareja parece ideal: ambos están profundamente enamorados. Pero la convivencia y el carácter de cada uno hacen que con el tiempo el vínculo empeore y todo termine en divorcio. Entonces rehacen sus vidas con dos jóvenes: casi simultáneamente, Amanda se casa con Guido (Christian Sancho) y Fabio, con Leticia (María Fernanda Callejón). Los enredos surgirán en la luna de miel, cuando las dos parejas se hospeden en el mismo hotel, en habitaciones conjuntas, sin saber de esta coincidencia.

Es la segunda obra de Noël Coward que está en cartel actualmente en Buenos Aires: la otra esMix (en el original, Fallen Angels ), con Nora Cárpena y Thelma Biral.

Vidas privadas ( Private Lives , en el original) se estrenó en 1930, pero mantiene su vigencia: estuvo en cartel en Londres durante 2010 y el año pasado se vio en Broadway, con Kim Cattrall y Paul Gross como protagonistas.

Fuente: Clarín Espectáculos

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Un sueño hecho realidad

Juan Durán, el protagonista, confiesa estar enamorado de esa comedia musical

La de Juan Durán no es una historia cualquiera; es más bien una historia de amor que empezó hace muchos años y finalmente, después de mucha espera y búsqueda, pudo concretar. Hoy está al frente de la obra que primero lo tuvo como reemplazante del protagonista y que, de a poco, lo cautivó: El diluvio que viene , que se estrena hoy, en El Nacional. Dice que está enamorado de la obra por su mensaje, la música y lo que despierta en la gente. Durán compró los derechos del musical por cinco años. La obra, de Pietro Garinei y Sandro Giovannini, que brilló en la Argentina durante varios años desde 1979, cuenta la historia del padre Silvestre, un sacerdote al que Dios llama por teléfono para pedirle que arme un arca en la que pueda salvar -de un segundo gran diluvio- a su pueblo, que poco le cree y al que deberá convencer.

Durán había hecho cinco musicales con Cibrián, pero en ninguno de ellos tuvo un papel protagónico. Sin embargo, tuvo la suerte de que lo vieran los productores de la segunda versión deEl diluvio… (a mediados de los años 80) y le propusieran trabajar allí. “Me llamaron para ir con esta obra de gira a Bahía Blanca y me dijeron que tenía que hacer el reemplazo del padre Silvestre”, cuenta. En aquel momento, quien representaba ese papel era José Angel Trelles, que según el mismo Durán “se estaba yendo de la obra”. Mientras esperaba su turno, personificaba a la gente del pueblo y poco a poco iba enamorándose, primero de las canciones y después de todo el musical.

Cuenta que cuando le dijeron que se pusiera el traje del padre Silvestre los nervios lo invadieron. “Me acuerdo de que no sabía los textos; el escenario estaba girando todo el tiempo; es una obra muy difícil para una persona que nunca había pisado un escenario giratorio. Ya es difícil por las letras la música en un escenario fijo, imaginate en un escenario giratorio, inestable. Pero esta obra es tan mágica, tan suave, tan linda y pura, que cuando uno se calza la ropa del cura es como que andás solo”, dice, con voz profunda, mientras su mirada se pierde en los decorados. Allí, otra vez, se prepara la misma escenografía de hace años, que donaron los hermanos Spadone.

Luego de su trabajo en El diluvio , en los 90 vino una estadía en Brasil que duró dieciocho años. Allí dio shows, grabó discos y le puso su voz a la música de telenovelas. Pensaba por entonces que aquello que lo había enamorado quedaría en el olvido. A su regreso a la Argentina, se encontró con Chino Carreras y le comentó que tenía ganas de comprar los derechos de la obra que había hecho años antes. “Pero me dijo que era muy difícil, porque la tenía no sé qué persona, y estuvimos durante un año rastreándola, hasta que un día me dijo que no la tenía nadie. Ahí me largué con todo”. Fue entonces, a principios del año pasado, cuando su sueño comenzó a hacerse realidad.

“Lo primero que hice fue buscar gente que trabajaba conmigo en otros espectáculos; tanto Pablo Nápoli, como Julia Calvo. Justamente, ella también estaba enamorada de esta obra”, dice nostálgico. El actor cuenta que cuando se reunían a hablar de esta comedia musical, surgía entre el equipo “algo químico, increíble”. El diluvio…, para él, tiene mucha magia y eso es lo que vuelve loco al público. “Es como que la gente se magnetiza. Por eso esto que la música dice unidos venceremos, y toda esa historia tiene mucho que ver con todo”, apunta.

Los motivos que a Durán le generan tales sensaciones son muchos. “Lo que me enamora fundamentalmente es el mensaje, que es un mensaje transparente, blanco, en donde la gente se une”.

Una de las canciones emblemáticas de la obra -y tal vez la más recordada por generaciones- es “Las hormigas mueven la montaña”. “Refleja que la gente en comunidad se hace fuerte; además, la música es espectacular, totalmente pegadiza”. A su vez, cuenta cómo cada vez que termina la función los espectadores se acercan y preguntan si está el disco. Este año lo hicieron y lo venderán en el teatro.

“Cada vez que termina la función mirás hacia el público y la gente está lagrimeando porque tiene un final super emocionante. Tenés un escenario en donde te vienen animales, un arcoiris, las aguas suben, efectos de cosas que vuelan. Hay que verlo para sentirlo”, agrega, convencido de que a esta “receta explosiva”, como él la llama, hay que traerla de vuelta.

Durán define a la obra como “muy blanca”. Explica, además, que la vigencia del mensaje de El diluvio… es un condimento importante, tanto como que es una puesta que se adapta a todos los públicos. “Acá no hay malas palabras ni desnudos. La puede entender perfectamente alguien de tres años o de noventa”.

Sobre el escenario habrá cerca de treinta artistas; hay que sumarle además entre diez y doce personas que estarán detrás de escena, trabajando en la parte técnica.

Para armar la escenografía se tuvieron en cuenta los planos originales. “Tratamos de darle un colorido diferente a algunas cosas, y eso seguro le va a aportar algo más; es todo de madera, porque tenemos una aldea, que no se sabe adónde está”, cuenta.

Con respecto al escenario, es el mismo que se utilizó la primera vez, aunque hubo que hacerle algunas reparaciones, sobre todo a las ruedas y cintas que lo hacen girar.

Parte del vestuario es también original, como la sotana del padre Silvestre. “Eso es bárbaro, montarte en la misma ropa que usaron otros antes” se emociona Durán.

Entre las innovaciones, hay detalles de color e iluminación, que se lograron gracias a los avances de la tecnología. Sin embargo, se respetarán los tonos pastel que predominaban en la versión original.

Durán, además, estudió magia desde los cinco años, y como es costumbre en sus trabajos, habrá algunos trucos también en esta puesta. “Eso le va a dar como una pincelada especial, son pequeños detalles que van a sumar a la magia que de por sí tiene este espectáculo”, asegura. Y prefiere no contar más, para sorprender..

PARA AGENDAR
El diluvio que viene: de Garinei y Giovannini. Teatro: El Nacional, Corrientes 960. Viernes y sábados, a las 21.30; domingos, a las 21. Entradas: desde 80 pesos.

Fuente: La Nación

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Más allá de la leyenda del rey Arturo

Excalibur, de Pepe Cibrián Campoy y Angel Mahler, propone una mirada romántica para la puesta del tradicional relato épico

La espada, la piedra, Arturo y Merlín. Estos cuatro elementos invocan inmediatamente a la leyenda milenaria del rey Arturo. Sin embargo, sobre la base de este cuarteto se han erigido diversas historias, mitos y creencias alrededor del monarca británico (en realidad celta) más justo de todos, cuya existencia real hace cientos de años es aún un misterio. El miércoles próximo, la fábula, que fue contada en decenas de películas, historietas y relatos, sumará una versión musical, argentina y con el indiscutible sello Cibrián-Mahler, en Excalibur .

A pesar de la trama fantástica, sobre el escenario del Astral no habrá varitas mágicas. Tampoco aparecerá un mago anciano, con pelo blanco y sombrero celeste, aquel instaurado en el imaginario colectivo a partir de una película infantil. El Merlín deExcalibur es fornido y tiene una abundante cabellera que combina violetas y azules. Es enérgico y gracioso. Canta, salta, baila, hace bromas y, todo el tiempo, es perseguido por sus obsecuentes “merlinitos” que, también, cantan, saltan, bailan y lo miran, admirados, constantemente.

Desde su primer minuto, con una puesta majestuosa, colorida e imponente, la obra de Pepe Cibrián y Angel Mahler se distingue de las versiones conocidas de la leyenda. Aún antes de que aparezcan los efectos y trucos preparados especialmente para este musical, la magia sobrevuela los ensayos, en la víspera del estreno del miércoles próximo. Es el hechizo que cayó sobre el elenco en las audiciones de junio pasado, cuando se transformaron en los discípulos del maestro que se encarga de que cada nota que entonan o cada línea que interpretan consigan encantar. En cada corte del ensayo, los protagonistas y el ensamble se disponen automáticamente alrededor de Cibrián, mientras éste reflexiona frente a ellos respecto de los mensajes de la obra.

“Lo importante no es tener la espada sino tirarla, y el tránsito de lucha para llegar a recuperarla. Si vos la tenés y la guardás, de nada sirve, porque se oxida”, explica Cibrián al elenco respecto del simbolismo de la leyenda de Excalibur, la espada incrustada en una piedra, que sólo podrá quitar aquel que fuera el elegido para gobernar el reino donde transcurre esta historia. Esta es la esencia que el musical mantiene de la leyenda. “Arrójame lejos”, reclamaba la espada a quien pudiera obtenerla, a través de un escrito expuesto a su lado, según cuentan las versiones más populares de la fábula, que toca temas como la ambición, el poder y el destino.

“La espada es el símbolo: está clavada en una piedra y todo el que vaya a ser rey de este lugar tiene que quitarla a través de la pureza del corazón”, relata a La Nacion, casi de memoria, uno de los discípulos más nuevos, pero sin duda, uno de los favoritos, Emilio Yapor, quien le da vida al joven rey. “Pero para Arturo, Excalibur es mucho más que eso. Es una excusa para encontrar el verdadero amor entre él y su prometida, Guinevere. El quiere ser un héroe para ella, no tanto por la espada o por sus hazañas, sino que puede incluso rechazar el poder por aceptarla a ella”, anticipa en el “intervalo” del ensayo, que cortó justo cuando su personaje decide aceptar su destino y luchar por la espada.

“Arturo llega a un punto en que tiene que elegir entre el poder y Guinevere, y la elige a ella; ahí es cuando obtiene la espada, cuando es capaz de amar”, agrega Cibrián sobre esta historia que, además de fantástica y épica, tiene mucho de romántica.

DE HÉROES, BRUJOS Y VILLANOS

La magia también ocurre en las horas de preparación a la que se someten los actores, especialmente aquellos que deben transformarse en seres de fantasía. Sólo a través de esa voz que tiene como marca registrada, se devela que debajo de ese soberbio traje de Merlín, la peluca y las horas de maquillaje, se encuentra Juan Rodó, el actor fetiche de Cibrián-Mahler, quien encontró en Excalibur al personaje más desopilante de una carrera colmada de personajes oscuros. “Merlín es un personaje sabio, es la guía y el maestro de Arturo, muy paternal, y a la vez, sorprendente. Es un personaje muy delirado, con muchísimo humor y un poco de locura”, describe sobre el resultado final de meses de elaboración de un Merlín propio.

Con ruido, ritmo y picardía, el mago entra en la vida de Arturo después de que la villana más pintoresca, Morgana (Candela Cibrián Tapia) irrumpiera en la boda obligada entre el heredero con Guinevere (Luna Perez Lening), cuando ni siquiera se conocían. Encerrados en el mundo mágico y azul de Merlín, donde los elementos vuelan y las cosas desaparecen, los dos jóvenes de naturaleza terrenal se sorprenderán al mismo tiempo que el público ante los trucos de su mentor, que los dejan expectantes y desconcertados. Es en ese refugio donde el mago guiará a su discípulo hacia la espada, junto a la ayuda de Guinevere, de quien el joven rey terminará enamorándose perdidamente.

“Este Arturo es un héroe muy especial, porque necesita mucho de los que tiene alrededor; es héroe porque todos los demás lo ayudan a serlo”, señala Yapor sobre su personaje. “Es muy pasional e instintivo, tiene muchísima fuerza, pero carece de confianza en sí mismo y necesita que sus amigos, su prometida y su padre lo vayan apuntalando para triunfar”, indica.

La dicotomía del bien y el mal se ve reflejada en los colores del cambiante escenario. El azul del mundo de Merlín se contrasta con un ambiente rojo y negro, e inundado de calaveras. Es el de Morgana, una villana irónica y resentida, que tiene una ambición desmedida por conseguir la espada y, con ella, el poder. En esa lucha por el poder se encuentran también dos personajes malvados incorporados por Cibrián para hacer aún más estoico el camino de su héroe: Golbar (Hernán Kuttel), el hermanastro de Arturo, y Laria (Diana Amarilla), su madre.

“Merlín y Morgana eran una fuerza unida, iban los dos a conseguir juntos el poder, pero después se separan y ella queda con los poderes, pero los utiliza para una venganza”, explica Candela Cibrián Tapia, que volvió a aceptar un desafío de su tío para interpretar a esta mujer que aún conserva resabios de la doncella que fue antes de que un misterioso episodio la transformara en una bruja despiadada. “Morgana sale de la obviedad de la típica mala, ella es divertida, no es que la odian todos. Ella busca el poder, pero lo que más desea es que la recuerden”, describe. La espada, la piedra, Arturo y Merlín están presentes en esta historia, así como la música, el baile, la magia y un elenco destacado. La leyenda volverá a ser contada desde una mirada idealista, disparatada y, sobre todo, musical.

CARAS CONOCIDAS

Si miran con atención, los seguidores de la dupla Cibrián-Mahler descubrirán en Arturo una cara conocida. Emilio Yapor se insertó en el mundo del musical en 2010, cuando decidió abrir su carrera de barítono (en la que tuvo como profesor a Juan Rodó) y presentarse a las audiciones para la versión de Drácula por el vigésimo aniversario de su primer estreno. Hace un año, se incorporó al elenco como el Cochero, un personaje secundario, pero en la gira nacional pegó el salto y reemplazó a Germán Barceló como Van Helsing. Le tomó el gusto al género, y en junio último, se presentó para el rol del padre de Arturo en Excalibur. Sin embargo, Cibrián decidió que su destino fuera otro. “A Pepe le gustó lo que yo hacía como Arturo y a mí el personaje me encantaba”, recuerda este intérprete de 25 años. El último elenco de Drácula también se replica entre los primeros nombres del programa de Excalibur. Además de Rodó, quien era el recordado conde, la heroína del nuevo musical, Luna Pérez Lening -de sólo 17 años-, interpretaba a Lucy el año pasado, mientras que Candela Cibrián Tapia era Mina.

PARA AGENDAR

Excalibur De Pepe Cibrián. Teatro: Astral, Corrientes 1629. Miércoles, jueves y viernes, a las 20.30; sábados, a las 19 y a las 22.30, y domingos, a las 20. Desde $ 150. .

Fuente:  La Nación

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Andrés Percivale: “Todavía no soy el de antes… pero volveré”

Entrevista La vida después de la enfermedad. Recuperado de un cáncer de pulmón, regresó a la actuación, sin por eso soltar el yoga. Es uno de los protagonistas de “Mix”. A los 72, repasa su último año, con la mirada puesta en el cuerpo. Y, básicamente, en el alma.

No es de los que se refugian en el eufemismo para ‘hablar’ de lo que ‘no dicen’ , ni pide de antemano que ‘de eso no se hable’ o espera a que alguien le pregunte. El dice ‘cáncer’.

El saca el tema. El lo transita con suma y honda claridad. Desdramatiza desde la palabra, sin sacarle dramatismo al caso. Se refiere con responsabilidad a una enfermedad que lo llevó a un intenso tratamiento durante un año, con rayos y quimioterapia. Da detalles sin ventilar intimidad. Andrés Percivale da muestras de que puede haber vida después del dolor.

Sentado en el mismo sillón sobre el que un par de horas después se acomodará su personaje, aprovecha la escenografía de Mix -la obra que dirige Santiago Doria, en el Multiteatro- para desgranar la charla. Pero, lejos de ampararse en la ficción, hace pie en una realidad que no le resultó fácil, pero “le puse el cuerpo. Y el alma, básicamente. Yo luché… Bah, no se puede decir ‘luchar ’, porque es una palabra que no va en este caso y me exaspera cuando se usa sin necesidad. Tuve que hacer un tratamiento para el cáncer de pulmón que me tuvo un año encerrado en casa, no desde la depresión, ni mucho menos, sino desde el cansancio y la recuperación”.

Tirando de la punta de ese ovillo, cuenta que “todo empezó cuando, a punto de ir a Europa, se suspendió ese viaje por enfermedad de mis compañeros. No sabía adónde ir y me fui al centro adventista de Puiggari, en Entre Ríos, donde, por rutina, cuando ingresás, te hacen análisis de orina y de sangre y placa de pulmón. Y ahí saltó”.

¿No tenías síntomas? No, creo que nada. Bueno, ahora que me preguntás, recuerdo que estaba seguido con mucho resfrío, mucha tosecita. Siempre fumé, desde chico. Y tengo EPOC (Enfermedad pulmonar obstructiva crónica), pero no hay certeza de que todo eso tenga que ver con el cáncer.

¿Cómo lo tomaste? Cuando me dijeron que tenía un tumor me quedé congelado. Y cuando, a continuación, el pastor me dijo ‘Pensá todo lo que pasó y date cuenta de que la providencia está de tu lado, que, como dicen en el campo, Dios te agarró del jopo. Se canceló tu viaje, decidiste no ir solo, no sabías para dónde rumbear y elegiste venir aquí ’. Esas palabras me hicieron bien, me ayudaron a entender. Así que volví, fui al Hospital Italiano y acá estoy. Hace un mes y pico que el médico me dijo que el tumor desapareció.

¿Te había hecho la típica pregunta de ‘por qué a mí’? No, me hice la de ‘¿Por qué no a mí?’ . El cáncer ya es una epidemia, la causa puede estar en el entorno, no sólo en la genética. Es gravísimo, pero no es implacable. Hay que tener cuidado con lo que uno consume, con cómo vive… Durante el tratamiento jamás me deprimí, jamás me sentí mal. Medité mucho. Fui a Rosario a ver al padre Ignacio, que me dio un ritual con agua bendita y lo hice todos los días.

¿Todo lo viviste con la misma naturalidad con la que lo contás ahora? Sí, no te exagero. En mi vida he tenido muchísimas desgracias, pero nunca las viví como desgracias. Sino que las tomé como ‘es lo que hay’.

Y en parte debe ser porque cuando yo era chico no había televisión. ¿Viste que la tele te informa de lo que tenés que sentir y cómo tenés que reaccionar y qué derechos tenés? Te informa demasiado. Cualquier cosa que sobreviene la tomo así, sin estrategia. Fui al hospital y pregunté: ‘¿Hay tratamiento? Bueno, hagámoslo ’. Y lo hice. Lo que estoy sufriendo ahora es la manifestación del cuerpo… El cuerpo tiene una inteligencia asombrosa y está eliminando todo lo que me metieron. De repente tengo dolores, tengo mucho más pelo que antes…

¿No es que la quimio te quita pelo? Al principio sí, y después te crece con una fuerza tremenda. Mi recuperación y mi actitud tienen que ver con los riñones y los riñones tienen mucho que ver con la energía vital. Según el yoga y todo eso que yo enseño (ver Un innovador…), los riñones son el gran ministro de las aguas del cuerpo. Y el pelo nace de un folículo de agua. Entonces, puede ser que, cuando hay caída de pelo, haya un problema de desviación de la energía de los riñones.

Didáctico sin soberbia, comparte los conocimientos que fue adquiriendo, fundamentalmente, en los últimos 25 años, cuando se especializó en técnicas orientales para la salud física y mental. Y, desde entonces, empezó a dejar atrás su rol de conductor de televisión -fue uno de los pioneros de Telenoche , animó ciclos como Los retratos de Andrés , Mónica y Andrés y Yo amo a la TV - y su apenas transitado oficio de actor (trabajó en películas comoJuan Manuel de Rosas y Un elefante color ilusión y participó de algunas telenovelas en los ‘70), para convertirse en uno de los referentes del yoga.

Hasta que un domingo, sobre fines del año pasado, “me llamó Carlos Rottemberg. Hacía muy poquitos días que me habían dicho que el tumor se había ido.

‘Aquí estoy con Nora Cárpena, con Linda (Peretz), con Thelma (Biral), estudiando la posibilidad de hacer una comedia de Noel Coward. Y hay un personaje del que hablan en toda la obra y que aparece al final (ver Un francés que…).

Y pensamos que sería muy lindo que lo hicieras vos’ . Hablé luego con ellas y empecé a reírme solo, porque en ese tiempo me habían ofrecido chamanes, gente que cura el cáncer por teléfono, brujerías, de todo… Pero esto de hacer teatro, jamás. Y me pareció algo terapéutico. Y dije ‘ Esto redondea todo: me va a sacar de la cucha, me va a obligar a salir’.

Yo estaba adentro por protección, no por entregado ni angustiado. Sí reconozco que estuve y estoy muy cansado. Todavía no soy el de antes… pero volveré. Con el tiempo noto mejoras. Lo consulté con el médico y me dijo ‘Dale, andá’ . Y la verdad es que estoy muy contento”.

Percivale es uno de los seis protagonistas de Mix -que va de miércoles a domingo en una sala del Multiteatro-, junto a Cárpena, Biral, Peretz, Pablo Alarcón y Héctor Calori.

Ahora no tiene puesto el traje claro de su personaje, pero luce con ese elegante sport que lo caracterizó siempre: “Igual, cada vez le doy menos bolilla a la estética, porque debe ser un tormento, a esta altura, estar pendiente de cómo te vestís, de qué te ponés. Con el tiempo empezás a borrar las ganas de gustar. De joven querés impactar, impresionar, pero luego aflojás eso. Es muy cómodo y la vida se simplifica, por suerte.

¿Nunca caíste, acaso, en las trampas que tiende la exposición pública? No sé al principio, creo que no. Pero sí sé que con el yoga aprendés muy claramente que la vanidad no es compatible con la felicidad, para nada. En lo posible, hay que terminar con el ego. Es muy difícil esa pelea, porque está muy metido en el inconsciente, muy adentro. Dominarlo es un trabajo que hay que abordar, porque cada vez que te ofendés en la vida habla tu ego.

Con 72 años y una serenidad natural -sin la impostación de esos personajes conocidos que pretenden ser zen desde el susurro y la mueca-, Percivale volvió. Dice que “no volví para quedarme en el escenario, pero la experiencia valía la pena”.

¿Y si más adelante te llaman para hacer “Hamlet”? No, ni loco. No me parecería terapéutico… Pero, en esta vida nunca se sabe.

Fuente: Clarín Espectáculos

Entradas en venta de la obra MIX en Plateanet

Un grupo sin códigos

Mineros. El martes se estrena la obra basada en unos obreros ingleses que se hicieron famosos con la pintura. Los actores se jactan de relacionarse a través del humor, lejos de los “códigos” y cerca de la amistad.

El dueño del camarín está sentado en una silla plegable, descalzo, y juega con los pies sobre la alfombra. Indudablemente a Darío Grandinetti el sorteo de camarines lo favoreció, pero como el lugar es amplio Jorge Marrale, Hugo Arana y Juan Leyrado decidieron invitarse y compartir el piso. “Ya estamos grandes, nos conocemos demasiado y nos pareció una boludez andar separados. Los tengo a todos acá, vamos a ver cuánto duran”, apuesta el privilegiado quien tiene además el placer de contar con su hijo, Juan, como un compañero de elenco más.

Así están los cuatro, compartiendo, por primera vez en una temporada porteña, la intimidad de un espacio clave para las mañas y vicios de cualquier actor. Y en la puerta, como desafío al paso del tiempo y a los límites de la perdurabilidad, pegaron sus caras en la primera obra que los reunió, Los mosqueteros del rey, allá por el ‘91. Se ve un cuarteto de rostros en blanco y negro, con mirada a futuro, plastificados y joviales. Uno abre la puerta, entra al camarín y se produce un fugaz viaje en el tiempo. Indudablemente, Marrale mantiene un parecido a su foto de un par de décadas atrás. Y Hugo Arana parodia el paso de los años: “Che, me siento extraño sin el suero. ¿Podemos hacer las fotos más agachados? Me jode la espalda si me paro derecho.” Luego de cuatro temporadas con Baraka , exitazo nacional, vuelven el martes con Mineros , texto del inglés Lee Hall, versionada y dirigida por Javier Daulte. Es una obra basada en hechos reales ( ver recuadro ), pero nada que ver con lo sucedido en la mina chilena. “Esto es lo opuesto a Baraka -dice Leyrado-. Ahora los personajes, si bien no son amigos, se conocen de muchos años de trabajo en la mina. Los atraviesa otro vínculo, que no es amistad, pero es algo muy visceral para todos.” El relato nos introduce en un grupo de mineros ingleses que, durante la década del ‘30, decide tomar clases de apreciación del arte. Y el instructor nota que sus alumnos con las imágenes de Tiziano y Da Vinci que les muestra no sólo no se emocionan, sino que les importan un pomo. Entonces, decide ponerlos a pintar y ellos hacen famosos con sus cuadros. “A ninguno de los cuatro el mundo de la intelectualidad ni siquiera los roza, son gente de trabajo brutal y físico -dice Arana-. En Baraka uno veía claramente a cuatro neuróticos que se eligieron amigos en la adolescencia. A estos personajes, en cambio, los eligió la compañía para la que laburan desde la infancia. Están juntos en una tarea muy riesgosa, donde el cuidado por el otro es muy importante. Esto se ve todavía en el campo, donde uno sabe que el vecino te cuida y te protege. Y este profesor que llega los enfrenta con un tema riquísimo: el de la expresión y el arte como posibilidad para todos.” Arana va con George, un burócrata que se atiene a todo lo que dice el sindicato. Leyrado con Harry, un marxista ortodoxo, ex minero y ahora dentista, que repite consignas a rajatabla: ”Tuve que comprarme un par de libros de Marx para refrescar -dice-. Leí un poco y después lo abandoné”. Grandinetti es Oliver, quien prácticamente no tiene pensamiento propio, tampoco familia y depende totalmente del grupo. Finalmente, Lyon, el profesor, es Marrale. “Es una especie de abrelatas -cuenta el actor-, porque indaga en uno de los puntos centrales de la obra: qué nos pasa cuando alguien nos permite descubrir lo más creativo que tenemos. Además, la pieza también tiene un aspecto contradictorio, porque en un momento aparece la vanidad como contrapeso de lo grupal.” ¿Cómo digieren ustedes la vanidad de la que habla la obra? Grandinetti: Como el orto.

Leyrado: Somos como los Beatles.

Arana: Es algo que se ve en el escenario cuando uno trata de tapar al otro. Todo lo nuestro es muy sutil.

Leyrado: Hay una cosa de nuestra relación que nos sirvió entender: no conformamos un grupo. Si hay un grupo, de alguna manera se fue haciendo. En realidad cuando hacíamosMosqueteros había más pertenencia, pero nunca hubo reglamento, sino una suma de individualidades. Con el tiempo esa unión de individualidades nos dio más gasolina para seguir.

Pero seguro existen códigos implícitos que los hace estar juntos.

Grandinetti: Creo que el humor es nuestro mejor código …

Leyrado: Y tener ganas de estar juntos. Otra cosa que hacemos siempre es sortear el camarín. Pero no lo hacemos como reglamento, sino porque nos parece que es la mejor forma de resolverlo.

Arana: Creo que ahora es la primera vez que decimos la palabra “código” entre nosotros, porque eso no existe acá. Yo detesto esa palabra porque suena a Al Capone y a la mafia. Pienso que nuestro mejor reglamento es no tener código Grandinetti: Puede ser, pero hay cosas en común que tenemos sí tenemos. El humor es una … y el mal humor, también.

Estuvieron cuatro temporadas juntos, hicieron largas giras. ¿No llega un momento en que se pudren de compartir tanto? Arana: Cuando estamos en gira y nos toca comer, y uno decide tirarse un pedo es algo que de golpe debemos reflexionar. Y lo hacemos.

Grandinetti: La gira nos divierte mucho, estuvimos en España y en muchos lados, pero nunca tuvimos que trabajar para la relación.

Hubo elencos y compañías que para mantener el vínculo han llegado a la terapia de grupo.

Marrale: Nosotros necesitaríamos todo un grupo de analistas.

Grandinetti: Puede ser, pero no existen tantos grupos de trabajo como el nuestro, que tiene gente trabajando hace muchos años. Por ejemplo, a Chapu, el maquinista, lo conocemos hace treinta años.

¿Qué momentos de la gira de “Baraka” fueron inolvidables? Leyrado: Cuando estuvimos en Cartagena. Pero Hugo no pudo venir porque estaba grabando.

Arana: ¡Ahí está la traición! Si hubiera espíritu de grupo no se van los tres a Cartagena y a mí me dejan de garpe.

Grandinetti: Con verdadero espíritu de grupo, el tipo manda al carajo las grabaciones, con las que seguramente gana un pedazo de guita, y se viene con nosotros. Pero éste nunca tuvo el más puto código.

Leyrado: En Cartagena éramos tres pibes, bien turistas. A la noche alquilamos un mateo, comimos afuera y nos rompieron la cabeza con la cuenta. Pero estuvo bárbaro.

¿Todavía tienen capacidad para sorprenderse por lo que haga alguno de los cuatro? Arana: Nos conocemos mucho, ya nada nos sorprende. Lo que pasa es que nos une un escenario, el deseo singular de actuar y contar un cuento. Eso es un tema muy convocante, porque uno le dedicó la vida al teatro. Y si la pasamos bien es algo muy potente Grandinetti:Desde Los Mosqueteros muchos se preguntan cómo hacemos, es como si fuera imposible que algo así funcionara armónicamente. Algo extraño tenemos, sí. Es más, estamos convencidos que juntos nos quieren mucho, separados no sé si tanto.

¿Es posible pensar en un marketing de la amistad como clave del éxito? Grandinetti:Si han decidido comprar ese marketing, está bien, pero no fue hecho por nosotros.

Leyrado: Mi hijo, que nos conoce y acompañó desde siempre, cuando vio Baraka , me dijo que los amigos de su edad le decían “me gusta cómo estos tipos se animan a hacer, a su edad, algo tan jugado.” Ahí aparece el resultado de nuestra amistad, no como marketing.

Marrale: Ahora todo pasa muy rápido. Cuando la gente ve que cuatro personas siguen eligiéndose los conmueve, quizá porque añoran hacerlo y verlo más seguido.

Fuente: Clarín Espectáculos

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