Crítica de la obra de teatro ‘Código de familia’ con Tomás Fonzi

Comedia dramática sobre un abogado, ambientada en la última dictadura militar. Se presenta durante noviembre en el Teatro Metropolitan.

Argentina 1982, guerra de Malvinas. La dictadura más sangrienta de la historia local está por llegar a su fin. Una trama de amor, violencia y dinero se tiñe de corrupción… esa eterna costumbre argentina.
Argumento de Código de familia
Código de familia cuenta la historia del joven abogado Dr. Ponciano Funes (Tomás Fonzi), quien está dando sus primeros pasos en el mundo de las leyes. Su primer cliente será Amado Mubarak (Carlos Santamaría), un hombre que busca recuperar a su esposa Stella (Alejandra Darín), amante de un comisario (Raúl Rizzo) de Ciudad Evita.
El problema radica en la estrategia: Mubarak no quiere divorciarse, ni separarse (¡no vayan a decirse esas palabras frente a él!), lo que quiere es hacer cumplir la ley de matrimonio, obligando a que su esposa lo acepte nuevamente en su hogar. Pese a lo insólito del reclamo, y ante la oferta económica de su cliente, Funes acepta el caso.
La contienda inexplicable se verá manchada por corrupción y sangre. La falta de recursos y experiencia para tratar de vencer al gigante no dejará un saldo a favor. ¿Es la historia de la obra o de la guerra? De las dos. Porque el relato de Ponciano Funes (pseudónimo que utiliza Daniel LLermanos para escribir esta obra), aunque narra hechos reales, funciona como metáfora de lo que pasaba afuera.

Los temas de Código de familia, una historia sobre el amor, el dinero y la justicia

Para romper el hielo, Funes se dirige al público y da fe de eso que todos creen sobre los abogados. Hablar de derecho es hablar de dinero. Aunque en épocas de dictadura, demandar a la amante del comisario implica riesgos y las convicciones se ponen en juego. ¿Ser cobarde y sucumbir al régimen, o ser traidor y luchar por lo que se cree justo? Esa es la cuestión.
La obra también se permite hablar del amor inquebrantable de un hombre que quiere recuperar a su esposa aunque ella lo engañe. Mientras, y pese a lo que quiere hacer creer, Funes se mueve más por principios que por dinero. Y sí, es un poco “chanta”, pero cree en la justicia.

Y finalmente la Historia: la dictadura, Malvinas, los jóvenes combatientes evocados, las amenazas, la violencia, el abuso de poder policial, los muertos: consecuencias de la corrupción en su expresión máxima.

Los actores de Código de familia
Tomás Fonzi se desenvuelve con frescura y madurez en su rol protagónico. Esa cosa pizpireta, simpática, casi seductora, que suele acompañar a sus personajes, se mantiene en este abogado que requiere de esas condiciones para honrar su profesión. Logra desterrar los prejuicios que acompañan a todo “galancito televisivo” y crece, madurando en la dirección correcta.
Carlos Santamaría lleva adelante con seguridad un personaje que le calza perfecto y que, pese a sus concepciones anticuadas, logra conquistar al espectador.
Alejandra Darín y Raúl Rizzo cumplen. Ella, en un rol que no le exige demasiado, pero que da lo necesario en los momentos de mayor tensión. Por su parte, Raúl Rizzo inicia su rol de comisario violento con ciertos excesos dramáticos, pero con el transcurso de la obra logra moderarse y es entonces, en las escenas cómicas, cuando consigue destacar.
Lo mejor llega dosificado, con las intervenciones de Gabo Correa. Su excelente labor secundaria sobresale cuando interpreta, con la misma comicidad, al portero del juzgado, al empleado de la morgue, a un mozo y a un desopilante empleado judicial. En cada aparición, las risas son suyas.

Crítica de la pieza teatral Código de familia
La directora Eva Halac consigue mantener el ritmo en todo momento: no hay baches ni corridas escénicas que desorienten. Es una obra con los tiempos justos y afilados. El relato es accesible sin perder complejidad, sobre todo al final, cuando se torna más dramático.
Otro logro destacable es el manejo del género. Con más risas que llanto, el paso de la comedia al drama resulta eficiente, y es efectivo incluso cuando se habla de la guerra y la muerte.
La escenografía de Micaela Sleigh permite articular escenas sin dificultad, creando un despacho, un tribunal, una casa, un bar y hasta una morgue sin mover una pieza. Las paredes semitransparentes conjugadas con esporádicas intervenciones sonoras, juegan a favor para entender lo que sucede fuera de campo. Ver sin ver, intuir lo que pasa, como en aquellos años.

Nuevo estreno de la obra Código de familia en el Metropolitan: entradas a la venta
Tras siete meses en el Teatro del Globo y diversas visitas al interior del país, la obra regresa a la calle Corrientes. Se presenta por 4 únicas semanas en el Teatro Metropolitan I (Av. Corrientes 1341) los jueves y domingos a las 21, y los viernes y sábados a las 22. Las entradas se pueden adquirir en la boletería del teatro o a través de PlateaNet, desde $90.
Lo recaudado por la obra, de la mano de Rosario Lufrano Producciones, será a total beneficio del Programa Social Pepe Biondi Terapia de la Risa.
Muchas historias sobre la memoria a veces pecan de panfletarias, apelando al golpe bajo. Otras, como Código de familia, demuestran que se puede contar una buena historia, sin caer en clichés y combinando eso que parece tan difícil: entretener y crear conciencia. Para verla, recomendarla y no olvidar.

Fuente: Cultura – Suite 101
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Valiente y sentimental

Libro, Dirección general y Actuación: Cecilia Milone / Músicos: Rubén Calegari y Guido Belsito / Coreografía: Analía Riamonde / Orquestaciones y Dirección musical: Gustavo Calabrese / Vestuario: Javier Peloni / Luces: Roberto Traferri / Sonido: Oscar Giménez / Sala: Maipo Kabaret / Duración: 100 minutos. Nuestra opinión: Muy buena.


El café concert volvió al segundo piso del Maipo con un fresco, divertido y hasta intimista show creado e interpretado por Cecilia Milone.
Así como en Morocha y pasional honró a la música ciudadana con un gran espectáculo en la calle Corrientes, esta vez, en formato pequeño, esta multifacética intérprete homenajea al cuplé y a aquellas canciones españolas que supieron florecer en el mal llamado “género chico”. Intercala clásicos como “El gato montés”, “La zarzamora”, “¡Ay, pena, penita, pena!”, “Te lo juro yo” o “España cañí”, con anécdotas de vida, homenajes varios y mucho sentimiento.
Es admirable cómo Cecilia Milone se las arregla sola en escena para cautivar al público y mantenerlo silencioso, atento y divertido a la vez. Por momentos, Valiente y sentimental parece una reunión de amigos porque Milone no teme aproximarse al proscenio, contar alguna anécdota casi como si estuviera susurrando al oído y, sin que uno se de cuenta, terminar en su bolsillo. Envuelve con carisma y deleita con una voz capaz de interpretar con gracia, humor, fuerza o pasión.
Se valió de los arreglos musicales de Gustavo Calabrese y de un gran percusionista: Rubén Calegari. Milone hasta cautiva a sus músicos porque logra incorporar a Calegari también en la interpretación, como interlocutor y también a su asistente y percusionista Guido Belsito. Ambos simpatiquísimos, hasta se atreven a bailar con ella sobre el final..
Fuente: La Nación Espectáculos
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Mátame de nuevo

Dirección y actuación: Gerardo Bergerez, Marcelo Iglesias /Dramaturgia: Erika Halvorsen /Vestuario: Martín Sal / Iluminación: Carlos Arevalo /Asistencia de dirección: Cecilia Rodríguez / Sala:La Comedia, Rodríguez Peña 1062 / Funciones:sábados, a las 23.00 / Duración: 70 minutos.
Nuestra opinión: muy buena.

En el centro de la sala, una mujer da a luz a un niño. La platea los rodea desde los cuatro costados, es testigo de ese nacimiento y también lo será de lo que la madre hará con él. Es que el poder que ella tiene para dar vida la hace fuerte, autoritaria, y el niño que nace es una tabula rasa para completar de la forma que ella desee. El peligro, entonces, es inminente, los deseos de ella para con él son destructivos. En tono de comedia negra, estos dos personajes se van relacionando y modificando en el transcurso de la obra.
 
Ella, una Marilyn Monroe argentina y exuberante, interpretada brillantemente por Marcelo Iglesias, tuvo un romance con Frank Sinatra y de él es el hijo (Gerardo Bergérez). Por eso, por su profundo fanatismo por Frank, ella lo moldea para que sea igual a él. Esta situación como base justifica, sólo al principio y tímidamente, su extrema protección. En pocos minutos, el público ya comienza a intuir que sufre algún tipo de trastorno que la lleva a actuar de un modo tan extraño. Esto es explicado clínicamente como el síndrome de Münchhausen, por el cual el adulto causa lesiones y enfermedades en un niño y así suele inducirlo a la enfermedad física para lograr el control absoluto de él. Esta madre enloquecida medica al niño y va creando en él todas las enfermedades y dolencias que puedan existir, para lo cual cada vez necesita más medicamentos y de ella, claro, que se los brinda.
 
La música de Frank Sinatra suena a cada rato; como telón de fondo los une, los identifica. Juntos se animan a cantar. El heredó la voz del padre y pronto -ella supone, sueña- será su reemplazo en el mundo del arte. Los dos actores están impecables en sus roles. Ambos, además, son los directores de la obra. Pero Frank crece y empieza a cuestionar. El jamás pierde de vista que su madre lo destruye, pero ¿cómo escapar de ese vínculo tan confuso? Tal vez matándola: esa puede ser la opción; matar a aquella persona que le ha dado la vida, pero que se la saca cada día, de a poco. Desde la comedia y casi como un musical, los dos actores van mostrando hasta qué punto las relaciones pueden dañarnos de un modo letal. Con ironías y excesos, la platea puede acceder a esos universos difíciles por cierto, pero que de este modo, con el humor, se nos abre una puerta, chica, en principio, pero que irá en aumento.

Fuente: La Nación Espectáculos

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Tengo un mal comportamiento

Tiene a su público cautivo. Sin necesidad de una gran campaña de prensa previa, lo esperan coreando su nombre, lo reciben con estruendo de tribuna, celebran cada gag y no dudan en hacerse cómplices de las movidas que organiza en las butacas. Fiel al título del show, Luis Pescetti puede tener incluso el mal comportamiento musical de presentarse con la voz un tanto forzada, el clima se genera a pesar de todo y por todo. ¿Cómo hace? Una de las claves está posiblemente en su elaborada honestidad, valga la aparente contradicción de los términos. De uno y otro bando, no hay quien pueda escapar a la identificación con sus apuntes sobre la relación entre padres e hijos, en el fondo siempre al borde del (tierno) ridículo. Es la risa que surge de verse “descubierto”.

Como siempre, se interrumpe a sí mismo, remite a cuestiones que se le cruzan por la cabeza, retoma el hilo de la canción, atiende a un gesto en la platea para hacer un comentario que tiene validez (y risa) universal. Como siempre, resulta de una eficacia perfecta.

Entre las risas, vale la pena no dejar escapar destellos de música entreverados con una poética sagaz, como en “Pendiente de vos” y “Babouches”. Cuenta para ello con el apoyo de una banda que sabe poner el contrapunto (y también acotar lo suyo, como una referencia al “hamburguesamiento” a que se ven expuestos los chicos). El juego con la pantalla gigante resulta una parodia reciclada de los grandes recitales: no aparece la imagen del artista, sino las letras de sus canciones. Es el mensaje el que importa y que los espectadores puedan apropiarse del mismo. Pero el mensajero es inseparable del mismo. Y por eso es acertado que por momentos Pescetti pida apagar la pantalla, para que miradas y oídos vuelvan a concentrarse en el contacto directo entre este trovador contemporáneo y su público. Como define el mismo Pescetti, casi al pasar, al pedir que no se permita la interferencia de los celulares: se trata de “esa delicada construcción de la emoción compartida”.

Fuente: La Nación

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Estado de ira, en la calle Corrientes

La multipremiada obra de Ciro Zorzoli se repone mañana, pero en el Metropolitan

Por Alejandro Cruz

La mayoría de los espectáculos que se estrenan en el teatro Sarmiento tienen la habilidad de generar expectativa. Sumado a eso, las puestas que llevan la firma de Ciro Zorzoli agregan un interesante plus. Ciro sabe rodearse de los mejores actores y saber armar una dramaturgia que calza perfecto en ellos.

El año pasado estrenó Estado de ira , un trabajo basado en Hedda Gabler , la obra de Henrik Ibsen. Fue, como sucedió con otras puestas que llevaron su firma, un éxito que se llevó merecidísimos premios, aplausos y todo lo que hace al mundo del reconocimiento. Y como sucedió con otros montajes suyos ( Ars higiénica Living, el último paisaje ) partió a Europa. De hecho, Estado de ira estuvo en el Festival de Otoño en Primavera que se realizó en Madrid. “Ciro Zorzoli ya ha ido dejando al público en estado casi de shock por Europa en otras ocasiones”, sostuvo el diario El País , de Madrid casi como bienvenida. Eso mismo continuó con Estado de ira . Tanto que, cuentan, hasta se convirtió en una fija entre actores sumamente reconocidos de la escena española que iban a verla y quedaban en estado de shock después de observar un mecanismo teatral tan aceitado.

UN GRAN LUNES

Antes de que parta hacia otros festivales, el lunes se repondrá en el Metropolitan casi siguiendo el camino que ya transitó Nunca estuviste tan adorable , obra de Javier Daulte, que del teatro Sarmiento probó suerte, y la tuvo, cuando pasó a la avenida Corrientes. Claro que en este caso el riesgo es mayor porque el estupendo trabajo de Ciro va los lunes. Pero eso de correr riesgos artísticos es algo que a él le sienta bien. De hecho, cuando estrenó Estado de ira al mismo tiempo estaba presentando en el Teatro del Perro Exhibición y desfile . Eran casi el mismo elenco que apenas terminaba una función salían apurados a la otra. Como espectador, tener la posibilidad de ver las dos experiencias era todo un lujo.

Estado de ira es una reflexión metateatral sobre la representación. Una reflexión con una fina ironía, cargada de capas, sutilezas y una inteligente observación sobre el sistema de producción artística en ámbitos teatrales estatales. Y, claro, están ellos: Paola Barrientos, Pablo Castronovo, Carlos Defeo, Marina Fantini, Valeria Lois, Vanesa Maja, Cecilia Meijide, Dalila Romero, Diego Rosental, Gabriel Urbani y Diego Velázquez (entre otros). Un seleccionado de los mejores intérpretes dirigidos por un señor talentosísimo llamado Ciro Zorzoli. Entonces, ¿no tenía plan para los lunes? Ok, ya lo tiene..

Fuente: La Nación Espectáculos

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Que no cambien nada

“Te quiero, sos perfecto, cambiá”. En este musical, con un cuarteto homogéneo, se destaca, una vez más, Karina K.

Son 32 personajes en el pequeño escenario del Multiteatro, lo cual habla de un musical ambicioso. Habría que aclarar, claro, que cada uno está, a lo sumo, diez minutos en escena: Karina K, Natalia Lobo, Diego Ramos y Guillermo Fernández componen a los integrantes de las distintas parejas que ofrece Te quiero, sos perfecto, cambiá , que en una nueva puesta se estrenó, también de nuevo bajo la dirección de Ricky Pashkus.

Para quienes no lo vieron en su estreno local, en 2004, y para los que sí, habrá que aclararles, también, que nada ha perdido actualidad. La obra se basa en pequeños cuadros que incluyen música y canciones y refieren a distintos momentos de cualquier relación de pareja. Desde las primeras citas, pasando por abandonos, esperanzas, conflictos, matrimonios, hijos y hasta viudez. Y sí, el común denominador no es otro que el amor. Y el humor.

Es un musical de emociones, más comedia que drama, y en el que las canciones pueden ser mejores o lineales, pero lo que cuenta es la presencia de los cuatro sobre el escenario.

Y allí es donde descuella la dirección de Ricky Pashkus. Porque para que el espectáculo no decaiga ni ofrezca lagunas en su poco más de hora y media, hay que saber llevar a estos actores. La presentación de los personajes debe ser una ráfaga. Y Pashkus demuestra aquí mejor que en otros musicales su excelencia en el coaching.

Los cuatro intérpretes saben que no hay mucho de dónde sacarle brillo a las anécdotas, pero que sí sirven para que los que se luzcan sean ellos. Diego Ramos viene sumando obra tras obra un dominio del género tal vez impensado en aquellos viejos tiempos de La tiendita del horror (2001). Guillermo Fernández, obviamente se luce en el canto, pero también consigue dar con el tono de sus personajes, uno más jocoso que otro. Y sin tanto musical encima, Natalia Lobo actúa y canta en consonancia.

Ya resulta redundante, pero el magnetismo que irradia Karina K es tal que, en un elenco homogéneo, desde la platea se espera como un nene con un chiche nuevo que la estrella de Cabaret y Sweeney Todd irrumpa en escena. Karina lo es todo: cantante, actriz, y muy, muy cómica. Con un mohín, arreglándose el tailleur, o apenas temblequeando el labio inferior logra que cada uno de los personajes que le toca interpretar sea eso, un personaje distinto y no el mismo en distintos sketches.

Y en cuanto a los personajes, hasta podríamos sumarle dos, el pianista (Hernán Matorra) y la violinista (Valeria Matsuda), que también tienen su “actuación”, al margen de ejecutar sus instrumentos.

En una escenografía mínima, pero bien funcional, que en definitiva hace sobresaltar a los intérpretes, y el vestuario, que va cambiando de colores y sabe con sus tonos entrar en armonía con el texto y las situaciones de cada momento, son más aportes en beneficio de un musical sumamente divertido e igualmente disfrutable desde la primera nota hasta la última.

La música, que aborda diferentes géneros, es siempre llevadera, pero no mucho más. Relájese y prepárese para pasarla muy bien.

Fuente: Clarín Espectáculos

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Filosofía de vida

Autor: Juan Villoro Versión y dirección:Javier Daulte / Elenco: Alfredo Alcón, Rodolfo Beban, Claudia Lapaco, Marco Antonio Caponi y Alexia Moyano / Escenografía:Alicia Leloutre / Luces: Eli Sirlin / Vestuario: Mariana Polski / Producción: Adrián Suar y Pablo Kompel /Duración: 120 minutos / Sala: Metropolitan 2.
Nuestra opinión: muy buena .

Es una guerra donde las armas son las palabras, mejor dicho, los conceptos, que vuelan como flechas envenenadas a clavarse en la mente, el corazón o el sexo de los personajes. Los contendientes: dos filósofos eminentes, a los que la vida (aunque más exacto sería decir: la elección personal) ha separado. Intimos amigos y condiscípulos en la juventud, el Profesor (Alcón) se dedicó exclusivamente a pensar, aislándose en su bien nutrida biblioteca, desde la que lanza feroces epigramas y diatribas sobre casi todo el mundo, en especial contra su colega, el doctor Bermúdez (Bebán), quien prefirió la carrera de los honores, ha desempeñado importantes cargos públicos, es sociable y mundano, elegante. Clara (Lapacó), la mujer del Profesor, soporta con humor e ingenio las ironías de su marido, clavado en una silla de ruedas, desaliñado, torpe y cascarrabias. Esta tarde, insólitamente Bermúdez visitará al Profesor, tras muchos años de alejamiento, para pedirle – exigirle, más bien – que ingrese a la Academia de Filosofía: es casi una orden, a la que el inválido responde con la negativa más rotunda.

A partir de esta confrontación, el mexicano Juan Villoro demuestra dos cosas importantes: que un novelista puede escribir teatro sin caer en el abuso de literatura, y que las antinomias de Kant – para dar un solo ejemplo de los temas frecuentados por el libreto – pueden perfectamente funcionar en escena como disparadores de situaciones apasionantes. Porque la atención del espectador es sin cesar hostigada por una intriga que va desenroscándose con la precisión de un muelle de reloj: en el pasado de estos dos pensadores eminentes hay algo más que rivalidad profesional, hay una mujer que fascinó y sedujo a ambos. No conviene revelar más aquí; tan sólo, decir que la comedia dramática (con lejanos ecos de ¿Quién le teme a Virginia Woolf? ) es deliciosa, que el ingenio chisporrotea en cada réplica y que Villoro es un talentoso y astuto dramaturgo. Tan sólo cabría objetar la extensión del diálogo final, al que convendría aplicar dos o tres tijeretazos oportunos.

¿Qué elogio cabe aplicar, a estas alturas, a un trabajo de Alcón? Es, cabalmente, el Profesor, perfecto en cada tono, en cada gesto, en la velada ternura escondida tras la cáscara rugosa. Bebán lo acompaña en una impecable composición, en un admirable dúo, como en una sonata de violín y piano. Y Lapacó expresa toda la seducción y el filoso humor de una Clara todavía coqueta y mucho más inteligente de lo que ambos filósofos creen. La pareja joven (Caponi y Moyano), puesta ahí por el autor para descomprimir un poco, de vez en cuando, la extrema tensión de los mayores, se comporta con bienvenidos desenfado y simpatía. Es magnífica la escenografía de Leloutre, con las sugestivas luces de Sirlin: la imponente biblioteca de fondo es, tal vez, la mayor protagonista de este sorprendente juego de pasiones algo más que intelectuales, puesto en escena por el siempre talentoso e imaginativo Javier Daulte.

Fuente: La Nación

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Fiesta de disfraces


Las canciones son en buena medida las mismas de siempre. La escenografía y los muñecotes siguen las pautas convencionales de lo que se supone que refleja el mundo de la primera infancia. El elenco que acompaña con coreografías se desempeña con corrección, pero sin lucimiento espectacular. Y el hilo argumental, apenas esbozado, no es más que una excusa para presentar personajes y canciones.

¿Qué es entonces lo que llevó en estas vacaciones de invierno a más de 30.000 chicos y padres a presenciar el show de Cantando con Adriana ? Sin figurar siquiera en televisión, exhibe un poder de convocatoria que envidiaría más de una estrella mediática lanzada a los niños en el receso invernal.

Adriana Szusterman, la maestra jardinera que comenzó su carrera artística en 1995 grabando los temas que cantaba en la salita ( Cantando en Amapola ) para pasar -a partir de 2001- a presentarlos en vivo sobre el escenario, ha sabido traspasar algunos criterios de su formación como líder de pequeños grupos a una sala con más de un millar de espectadores. Plantada sobre el escenario sin muchos recursos adicionales, sostiene el show sin atisbo de excitación motriz vana, sin volumen subido, sin acelerar el ritmo. Micrófono en mano, con su voz en vivo -algo no tan frecuente en el reino del playback de los grandes escenarios-, se toma el tiempo de dirigirse al público en forma llana y directa, con calma y pausa. La inclusión del padre y de la hija de Adriana en el show subraya el carácter casi intimista en un marco masivo.

Sus temas clásicos como “Para dormir un elefante” o “Y vino el ratón Pérez” encuentran un coro multitudinario en la platea, forman parte del repertorio familiar y de los jardines de infantes. Madres -y en menor medida también padres- acompañan sonrientes con sus pequeños a upa, o bien aprovechan el momento para fotografiar a sus hijos en esa enorme sala infantil en que se desarrolla esta Fiesta de disfraces . Los comentarios de la misma Adriana sobre su felicidad sobre el escenario subrayan en exceso la comunión lograda. Pero indudablemente es mérito propio de la cantante el magnetismo que ejerce sin divismo. Así puede salir tras los aplausos y cantar a capella estrofas de “Yo tengo un tallarín” y “La ronda de los conejos” con la platea, como si estuviese en el cierre de un acto del jardín de infantes.

La puesta en escena podría ganar con una mirada externa, pero sólo si no busca entrar en el vértigo de efectos tan habitual, sino en valorizar esa relación de la cantante con el ritmo vital de sus pequeños espectadores, en rescatar el clima de jardín de infantes otorgándole, a la vez, un toque de mayor teatralidad.

Juan Garff

Fuente: La Nación Espectáculos.

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Un Posca libre y desenfrenado en “Bad Time Good Face”

Bad Time Good Face es un espectáculo de Posca puro. Un Posca libre, desenfrenado, divertido, intenso. Un espectáculo imparable, directo, rebelde y desenfrenado.

Esta es una obra, que como bien dice en la gacetilla de prensa, es: Una especie de sacrificio ritual, en el que su trasgresión a los límites solo exige al espectador la valentía necesaria para lanzarse junto a él a un viaje seguramente imperfecto, rebelde y fallado pero tan sanguíneo como vertiginoso y sin pausa. Y verdaderamente, con esto, queda poco más para decir, porque es realmente así, el único modo de disfrutar este espectáculo es sumergirse completamente, sin miedo, sin pudor, de hacerlo, el viaje está garantizado, ahora… si uno lo mira con recelo, con miedo, o desde un lugar demasiado conservador, ahí sí que se la pasara mal, si es uno de esos, este de seguro no será el espectáculo indicado… pero vamos, a esta altura se sabe quién es Posca, que en sus espectáculo hay una catarata de puteadas, y que en general, los temas son las drogas, el sexo… donde esta todo teñido por lo borde, por la noche y con buena música de fondo.

En esta obra Posca nuevamente se multiplica en una gran cantidad de personajes, entre ellos: el Perro; Ángel; el tan querido Pitito; la travesti Mirsha; y nuevos personajes como Astroboy.

Pero Posca no creo su espectáculo solo, sino que se valio del aporte de grandes creadores, como el trabajo artistico de Sergio Lacroix, la labor audiovisual es de una gran factura (y se destacan los videos de ¨Carita de Concha y Cara de pija¨ y ¨Los voy a abondonar¨)

Bad Time, Good Face muestra a un actor pulifuncional en estado puro, con total autenticidad y un compromiso total con lo que presenta.

Martin Dichier

Fuente: Geo Teatral

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Lluvia constante

LA PLAZA
Nuestra opinión: muy buena

Por fin, esta temporada teatral regala una propuesta que permite salir de la sala estremecido, modificado. Aunque Lluvia constante ( Steady Rain ) es una pieza atractiva, la precisa dirección de Javier Daulte y las maravillosas actuaciones de Rodrigo de la Serna y Joaquín Furriel son los componentes que la vuelven una de las propuestas más seductoras de la escena comercial.

Rodo y Dany, dos policías, amigos desde la infancia, transitan episodios que cambian radicalmente su vida y su destino. Estos hechos los intervienen, los surcan y, a su vez, hacen salir a la luz sus verdaderos espíritus. Pero el argumento real de Lluvia constante es la relación entre estos dos tipos… ¿tan distintos? Siempre sus vidas estuvieron unidas, con un camino común. Rodo hasta comparte la familia de Dany. Pero eso puede ser hogar y cárcel a la vez. Uno le pertenece al otro. Uno se deja someter y hasta encuentra placer en darle permiso al poder del otro. Ellos son como ese auto que forma parte de la espectacular escenografía de Negrín, pueden funcionar sin faros. Y así, fluyen con adrenalina, entre la elección y el sacrificio. Keith Huff habla de la lealtad y de la traición, pero también sobre cómo estas dos cualidades pueden habitar de la misma forma en las figuras de dos antagonistas, depende de quién o cómo los mire. La estructura del libro fluye a través de un difícil relato, compartido o cruzado, paralelo o sin sincronía. Pero está la mano de Daulte para volverlo vivo, tanto como para sentirlo.

Gran conocedor de la herramienta del actor, Javier Daulte demuestra aquí haber ahondado minuciosamente en las personalidades de estos tipos. Unicamente a través de ese trabajo es que se logra este potente choque de fuerzas. Impuso acciones físicas que dotan de convicción al relato y le brindan una intensidad superlativa. La tensión y el dramatismo están en un continuo incremento que movilizan al espectador y no le dan tregua a sus emociones.

Es en este punto donde el trabajo del actor alcanza un grado sublime. Joaquín Furriel continúa en un camino de gran madurez interpretativa (viene de un brillante trabajo en La vida es sueño ). Le ha tocado en suerte ese hombre que parece destinado a ser preso de un destino de sumisión. A través de su interpretación, Furriel descubre las capas ocultas de este joven y logra momentos brillantes. Lo de Rodrigo de la Serna es antológico. Para guardar en la memoria y no olvidarlo jamás. Es una de esas actuaciones que sólo un gran actor puede producir. Es tan intenso, tan exacto, que este personaje marcará un antes y un después en su carrera. Un placer.

 AUTOR: KEITH HUFF l VERSION: F. MASLLORENS Y F. GONZALEZ DEL PINO l DIRECCION: JAVIER DAULTE l INTERPRETES: RODRIGO DE LA SERNA Y JOAQUIN FURRIEL l ESCENOGRA- FIA: ALBERTO NEGRIN l VESTUARIO: MARIANA POLSKI l SONIDO: PABLO ABAL l STAGE MANAGER: SEBASTIAN POLITO l PRODUCCION: PABLO KOMPEL l SALA: PASEO LA PLAZA

Pablo Gorlero

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Fuente: La Nación